Fenomenología de la vida cotidiana



1) desde el fondo de un naufragio


Mein Sohn, es ist ein Nebelstreif.
Goethe, Erlhönig


Hay instantes frágiles —que generalmente esconden los sedimentos de la costumbre bajo una capa compacta de aparente concreción— en que la hiante irrealidad de nuestro mundo surge, como espectro que escapa de alguna tumba colapsada: la Ausencia.

Hace poco tiempo he vuelto a encontrarme con esta experiencia metafísica (pues bien lo es; muy mal si esto sobresalta a los risueños y a los perros), que parece ser, es cierto, una prima de la Náusea, la misma que describió Sartre — pero en este caso lo que se devela es la inexistencia, de la cual se conmociona ahora la realidad, antes que de alguna trémula existencia.

Me encontraba en una calle ligeramente curva, a las afueras de donde habito. Y había extrañamente allí, en lugar de alguna otra cosa que mi memoria no podía retener, había, digo, esa cosa, que no debía estar. Había una gran vitrina debajo de un letrero excesivamente nuevo, brillante, inmaculado, apoyado en el muro; este letrero tenía inscrito, con caracteres rígidos, la palabra “PANADERÍA”. Uno podía apercibir, a través de la vitrina, algunos escaparates que tenían cierto aire de semejanza —e incluso, siendo honestos, una similitud bastante franca— con aquellos que suelen ser utilizados para exponer bollos o pasteles repugnantes, estantes sin duda colocados ahí para perfeccionar la confusión con algunos lugares familiares; pero yo no era un crédulo. Tanto menos lo era que el entusiasmo se había ido mucho más allá de lo creíble; así, plantada detrás de esos fantasmas de escaparates, se levantaba con una posición expectante, perfectamente inmóvil, ¡la panadera! — la panadera… y su delantal blanco. Y toda esta combinación, ¡firme pero no obstante dispersa!, era aún más evanescente que aquella
falsa mansión
enseguida
evaporada en brumas
de la que habló Mallarmé, más huidiza y más impalpable que cualquier tipo de éter; y detrás, o en ella, no lo sé, pues era como si esa mampara nebulosa, por tanta sutileza, se dejara confundir con eso que ya no cubría, como si estuviera incluso tejida con sus llantos — terrible, la Nada.

Desestabilizado por tanta extrañeza, me decidí no obstante a entrar — caminé sobre el vacío. Ya entonces, me sentía como quien se siente, o como quien cree haberse sentido al despertar, en algún sueño muy borroso del que no olvida la sensación que lo ha atravesado. Desde esa nube que era también nada, mi cabeza y todo mi cuerpo estaban como sellados, e incluso el pensamiento, que a veces sabe muy bien, sin embargo, deslizarse como una hoja de hierro, con un silbido claro aunque grave, y mi propio pensamiento era esa nube, ese gas que se extendía como si siguiera la ley física de los gases ideales. Toda la materia se había fundido o tal vez se había sublimado, pero en cualquier caso se había destrozado en aquel instante, para desaparecer. Finalmente llegué, tras mucha vacilación, hasta la tranquila panadera, que exageró su rol imposible hasta el punto de preguntarme, con una música terrible de una candidez diabólica —pues el diablo destaca en las situaciones cándidas—, qué era lo que yo deseaba. Su pregunta provocó que me estremeciera. No podía mirar a mi alrededor, toda esa nada me cegaba más allá de lo soportable. Pronto me di cuenta de que la única presencia que pudo absorber mi vista, retenerla un poco, en lugar de reflejarla impermeablemente, de que el único islote de existencia que pudo salvarme de todo ese hundimiento, ¡o mejor dicho!, de este hundimiento de todo, era esa mujer, disfrazada de panadera, con su rostro y sus brazos emergiendo solos desde ese falaz vestuario. Le encontraba en ocasiones cierto encanto español que me perturbaba un poco, ¡pero mucho menos que toda esa nada en la cual casi me ahogo! En fin, un existente, forma y sustancia también… un estar-ahí que no se desvanece inmediatamente en otra parte. Pensaba: es imposible que esta mujer, que se encuentra aquí delante de mí, en medio de toda esta Nada, de todo este abismo prontamente adornado como un simulacro de panadería, es imposible que ella crea en este decorado de cartón, en esta penosa pantomima — ¡esta escena!, ¿así que estamos obligados a actuarla? No… Le diré… Le diré que hay que detener todo esto… “Señorita, sabemos perfectamente, ¿no es así?, que todo esto no es más que un absurdo chantaje, que usted no es una panadera, que esto no es una panadería, y que sería absurdo que yo haga el papel del cliente… Ya hemos pasado la edad de jugar a la vendedora, hablemos francamente y olvidemos todo esta horrible decoración, que a nadie engaña… Ignoro cómo se encuentra en esta extraña situación, así que cuénteme, ¿de qué se trata todo esto?” Esta réplica, la única razonable, y que me llenaba en ese momento el espíritu como una evidencia salvadora, no pude sin embargo decirla, ya que todo mi ser, todavía nebuloso, era incapaz de responder prácticamente a semejante mandato de la Razón, especialmente porque un hombre había aparecido atrás, grotescamente disfrazado de panadero, haciéndome temer que esa mala pieza de teatro se transformara en vodevil, ramo final para una insolencia que había durado mucho ya. Así que balbuceaba ahora, ¡qué absurdo!, la petición inmotivada de un número perfectamente aleatorio de barras de pan, posponiendo toda aclaración de este asunto para más tarde. Siempre dubitativo, casi entrando por completo al juego a partir de entonces, por algún vicio que me era desconocido, entregaba algunas monedas — para ver si esta escena patafísica estaba realmente decidida a seguir su curso. Lo estaba, y lamentaba un poco mi mentira, porque después de todo, yo quería la verdad, no unos panes. De modo que salí, despistado y soñador después de semejante acontecimiento. Me hicieron notar, a mi regreso, que el número de barras que había comprado (apenas pude imaginar que eso que se estaba desenvolviendo en ese instante tuviera siquiera un nombre) era singularmente inadecuado. Relataba entonces mi aventura, y y después, sin hacerme comprender, a solas, reflexionaba.

Lo que había sentido allí fue verdadero, de eso no cabe ninguna duda. Esta experiencia revelaba de manera brutal la irrealidad de este mundo, la abstracción realizada que es el Espectáculo. Toda la dimensión metafísica, y por lo tanto total y colmando hasta la esfera de lo existencial, de este concepto me había aparecido claramente en ese modo de develamiento particular, y que sólo puede aparecer como lo que es verdaderamente, es decir, como algo realmente extraño, planteando un problema, e incluso finalmente cuya esencia misma es la extrañeza absoluta, en la medida en que es vivida como experiencia, como fenómeno. La costumbre es lo que hace olvidar al fenómeno en cuanto fenómeno, es decir, lo suprasensible — ¿debo agregar que la famosa afirmación de Hegel toma en ello, también, una concreción fulgurante, la potencia de una revelación? Y sin embargo, la costumbre es precisamente el medio característico de la metafísica mercantil, su manifestación, que nunca manifiesta más que el olvido de su carácter de manifestación… Es por esto que la notable intuición de la Ausencia revela también que está ya superada como tal, porque se presenta como manifestación del olvido de la manifestación, en cuanto tal, es decir, como develamiento del modo de develamiento mercantil, como develamiento del Espectáculo. Cuando se da a ver así, la Ausencia deja de ser ya un hueco, una pura ausencia. Es una afirmación positiva del Mundo sobre sí mismo. Es precisamente el retorno de toda realidad, y ya la posibilidad de su reapropiación. Este torbellino de paradojas revelaba hasta qué punto mi experiencia era metafísico-crítica. Pensaba también en sensaciones semejantes, e intentaba hacer una clasificación casi zoológica de las diversas texturas que el fenómeno puede manifestar, desde la mediovaporosa y mediolíquida melancolía hasta ese otro estado donde todo está, por el contrario, marcado con el sello de una concreción tan masiva que es sorprendente (y la realidad es entonces sensiblemente demasiado concreta para no revelarse aún como, de hecho, abstracta hasta el delirio). Todas estas experiencias mágicas-circunstanciales son evidentemente inaccesibles al Bloom que ignora la soledad, como a menudo es el caso. Nuestros contemporáneos, en su mayoría, evitan habitualmente tales percepciones sin apelación de la Nada, que es también su nada, ¡nuestra nada de Bloom!, y que les aterroriza, concentrándolas unas contra otras en sórdidas acumulaciones que incluso a veces se atreven a llamar amistad, esa gran palabra poderosa a la que las peores cucarachas no temen ya aplastar con sus pies inmundos, cuando no declaran no menos crudamente que se arrastran juntos. Hay también algunos instrumentos que ofrecen tal servicio de olvido, de modo equivalente a esa falaz proximidad: televisión, walkman, equipo de música o radio encendida “para tener un fondo sonoro”, etc. En fin, cuando a pesar de todo aparece ese Diablo que es la metafísica crítica, a pesar de todas las precauciones del Bloom, este último puede siempre intentar una última falsificación, mediante el uso tranquilizador de una palabra desprovista de sentido, inventada o recuperada para casos similares: estrés, fatiga; en los casos en que el Diablo entra incluso por la ventana, depresión, o finalmente, si el Bloom en cuestión se pincha con New-Agismo u otro hipsterismo, podrá, antes que negar directamente este fenómeno como fenómeno, exteriorizarlo y ponerlo en equivalencia general en el mercado del psicodelismo, en cuanto experiencia puramente subjetiva1, es decir, transformarlo en mala sustancialidad, calificándolo simplemente como alucinación. No hace falta decir que esta corta lista de entretenimientos es por mucho no-exhaustiva.

Todas estas actitudes bosquejan negativamente un terreno, que sería necesario precisar más antes y positivamente, y que sería el terreno de una actitud metafísico-crítica. Para verla más de cerca, ésta aparece como una suerte de unidad entre, por una parte, la práctica de una dialéctica conceptualmente poderosa, y, por otra parte, una cierta atención existencialista, un cierto dejar-ser, también. Estas dos aproximaciones, lejos de ser inconciliables, se encarnan unidas en aquel que sepa concebir y sentir el devenir, que sabe el pensamiento como ciencia en el sentido en que la entendía Hegel, que sabe la determinación de la Figura, al mismo tiempo que es bastante atento para detenerse sobre ciertos momentos, antes de su supresión, hasta agotar su contenido, hasta sumergirse en ellos (esto es lo que habían sentido ya los surrealistas, pero que habían explicitado de manera diferente — se podrá comparar con lo que resumía André Breton acerca de la actitud surrealista, en El amor loco). Se trata de considerar a la Mirada como experiencia, y por lo tanto como una cierta tensión entre dos momentos sucesivos: el primer momento es la sensación del fenómeno, el segundo su develamiento como fenómeno. Cuando se le muestra la luna, el metafísico-crítico mira primero la luna y después el dedo. El fenómeno se da primero en sí y después para sí, y el ser-para-sí viene a fundar el ser-en-sí. El Paráclito nunca viene inmediatamente y está siempre-ya ahí. Esta actitud metafísico-crítica, explosiva-fija, esta mutación de la mirada, que no es ciega, sólo puede alcanzarse verdaderamente y conocerse a sí misma como tal mediante el compartir de todas estas sensaciones y de su análisis, estas experiencias mismas fueron o debieron ser vividas solitariamente. De ahí esta rúbrica de fenomenología de la vida cotidiana, que será permanente, hasta nuevo aviso.



1. En cuanto a nosotros, lejos de considerar semejante experiencia como simplemente subjetiva, afirmamos por el contrario su carácter objetivo y eminentemente político.


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